Algunos apuntes del cuaderno azul. I

Regresemos al origen, no entiendo bien qué sucedió antes de mí, la historia no es pasado, sino un constante hacer hoy en día, podrían -deberían -morir los historiadores, que vergüenza mirar siempre hacía atrás para después decir fatales: «así fue, amén». Todas mis aseveraciones serán irresponsables, hoy tengo ganas de no tomar en serio la responsabilidad, y usted lector queda libre de obligación de tomarme en serio, o de seguir leyendo (antes estaba obligado -no es cierto -por esa costumbre del respeto y la otra, peor, de terminar lo que iniciamos como obligación con alta carga karmática).

Si muere la historia quedamos en un hoy precioso lleno de símbolos cargados de un contenido travieso, como esas partículas que nos ven la cara actuando de tal o cuál manera según nuestra relación con ellas.
Imagine usted, miro mi sillón con piel que no es, no es nuestra carne, imagine, sería bellísimo un sillón, como el mío, de piel que si fuera, piel de hombre nacido y criado para volverse el tapiz de un sillón al que podemos mirar y ocupar y estar muy conformes con la calidad de la piel. ¿Cuántos hombres serían necesarios?, ¿la piel de mujer, una mujer muy obesa, sería mejor que la de cualquier hombre? 
Imagine que bella sociedad estoy proponiendo:
Usted sería libre de quedar en la sala de un clase-mediero durante ese periodo magnífico que es la vida útil de un sillón de piel de hombre.
Y resulta que mi mundo no es una propuesta, sino que es este. Sólo habría que esforzarse un poco, encontrar quien quisiera convertirlo en sillón y entregarse.
Pero usted y yo deseamos otras cosas, yo, por ejemplo, preferiría que usted, si es lectora de senos grandes, decidiera entregarse y convertirse en un trono donde pudiera descansar mis brazos y acariciar sus pezones mientras tarareo una canción que no entiendo, por el idioma y porque no me esfuerzo mucho en conectar palabras y significados cuando acaricio los pezones de mi trono, sus pezones pues.
Y este mundo es ese que le cuento, sólo habría que esforzarse un poco.
Como yo, tendría que esforzarme en ser más claro, en ir al punto que el título insinuaba y no hablarle de posibles fetiches que podrían ser o son en este u otros mundos y sociedades realmente existentes.
Regreso en un momento, quizá la vejiga vacía ayude a decirle de una vez lo que quiero y muy seguramente usted tergiversará (con lo bonito de la palabra y todo el mal que habita en ella) metiendo su vida de por medio.
El origen, pues, lo que quería decirles es eso, que no importa de donde partimos, porque haremos tan poco con ello. Mejor no hay que partir. Quedémonos en ningún lado y desde ahí abordémoslo todo.
Y no quiero hablar con usted que discute con un texto. Mucho menos. Si usted argumenta cosas como: «imposible partir de ningún lado», «se parte siempre de algún lugar, tu ningún lado es siempre tu contingencia». A mí su contingencia y la mía me resultan francamente in-ex-pe-ri-men-ta-bles, porque al final de cuentas le escribo a usted teniendo en cuenta que se llama de cualquier manera y tiene cualquier edad y "entiende" cualquier cosa. No puedo discutir con usted. Quisiera, yo, creer que me adelanto a sus argumentos, pero no lo hago, me adelanto a los míos que finjo tienen voz distinta, porque, ¿sabe?, narro mientras escribo, no sé usted.

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