Relectura de «62 / Modelo para armar». XVI. Desencadenar algo.

—¿A vos realmente te importa todo esto? —preguntó Calac.

—No —dijo francamente Marrast—. Ya no. Pero uno desata las águilas y después es bueno fijarse dónde demonios van a parar. Una especie de responsabilidad de demiurgo, por darle un nombre.
—¿Es una especie de experimento, o qué?
—Experimento, experimento, —rezongó Marrast—. Ustedes en seguida quieren certezas. Mirá, no es la primera vez que suelto un águila, para seguir con el tropo, un poco por salir de la costumbre y otro poco porque la idea de desencadenar algo, cualquier cosa, me parece oscuramente necesaria.
—Perfecto —dijo Calac—. Apenas te ponés a explicar, y caés en un vocabulario que ni Gurdjiev. Oscuramente necesario, decime un poco. Como este otro con sus experimentos mecánicos en el hotel, dale que dale con una tuerca y cosa así.
—Lo que pasa es que usted no es más que un pobre petiforro —dijo Polanco—. Vos no le hagás caso, che, yo en cambio te comprendo tan bien, vos sos de los míos.
—Gracias, padrecito —dijo Marrast un tanto sorprendido ante esa adhesión incondicional a algo que él mismo comprendía tan poco.
—Vos —siguió Polanco con un gesto soberbio que deslumbró a Austin—, armás motores imponderables, agitás aguas inconsútiles. Sos un inventor de nuevas nubes, hermano, injertás la espuma propiamente en el cemento vil, llenás el universo de cosas transparentes y metafísicas.
—Para serte franco...
—Y entonces te nace la rosa verde —dijo entusiasmado Polanco—, o al revés, no te nace ninguna rosa y todo revienta, pero en cambio hay un perfume y nadie comprende cómo puede haber ese perfume sin la flor. Lo mismo que yo, que soy un inventor incomprendido pero impertérrito.
—Con un cronco ya teníamos bastante —rezongó Calac—. Ahora estos dos me sellan un alianza y me fríen.
Siguió lo previsible debate dentro de la línea de en todo caso los croncos son útiles y sobre todo leales a los amigos/ Vale más un petiforro solitario que un cronco idiotizado por un escultor acéfalo/ Si se van a pelar por mí, siempre puedo pedirle a Austin que vaya al museo/ Nadie ha dicho que no iríamos, pero en todo caso yo lo haré por amistad y no para complicarme con tus águilas/ Me da igual siempre que me cuentes lo que pasó esta tarde/ Probablemente no pasará nada/ Cuando no pasa nada nada es precisamente eso lo que pasa/ Ahora este imbécil se me pone metafísico/ Che, hablar bien no cuesta un carajo/ Si por lo menos entre los neuróticos apareciera algún budincito vistoso/ Si no sos capaz de encontrar una mujer por tu cuenta en todo Londres, no veo por qué te vas a poner tan exigente en un museo/ Vos te das cuenta, nos pide que vayamos y arriba nos insulta/ Te insultará a vos, yo no necesito ninguna neurótica porque tengo mis rebusques/ Permitime una sonrisa/ Y así otros ocho minutos.

Relectura de «62 / Modelo para armar». XV. Atributos de la locura.

—La locura es portátil —dijo Hélène.

Relectura de «62 / Modelo para armar». XIV. Medialunas

—Las cosas que bebes —dijo Hélène—. Huele a caballo sudado.
—Es buenísimo a esta hora —murmuró Celia que tenía la cara tapada por el mechón de pelo y se parecía a la niña que amaba el queso Babybel—. Es lo mejor para mojar una medialuna, sirve de sopa y de comida al mismo tiempo. Puede ser que lo hagan con caballo, pero lo mismo es bueno.
—Mojar una medialuna —dijo Hélène, sentándose a su lado en la banqueta y abriendo sin mirarlo el Nouvel Observateur—. Con esos gustos ya deberías estar en la cama hace una hora, tu edad psicológica se sitúa entre los nueve y los once años: medialuna en la sopa, cinco terrones de azúcar en cualquier cosa que bebes, el pelo en la cara... Para colmo llorando encima de esa porquería humeante. Y pretendes diecisiete años y cursos en la Sorbona.

Relectura de «62 / Modelo para armar». XIII. Permanecer

—Éramos felices —dijo Marras resbalando en la cama y mirando el cielo raso—. Después, ya lo viste, había esas casas rojas y todo se petrificó de golpe como si estuviéramos metidos en la piedra de hule, realmente. Date cuenta, trata de comprender, soy el primer escultor al que le pasa quedarse encerrado en una piedra, es una novedad considerable.
—No es por orgullo —dijo Nicole—. En el fondo no me siento culpable de nada, no he hecho nada para que me suceda esto. ¿Por qué tenía que preservar mi imagen preestablecida, la que tú habías inventado? Soy como soy, antes me encontrabas de una manera y ahora soy la malcontenta, pero de ese lado sigo siendo la misma, te sigo queriendo como siempre, Mar.
—No es cuestión de culpas —dijo Marrast—, tampoco Juan tiene la culpa de que su nuez de Adán te guste tanto, el pobre está completamente ajeno a todo, supongo. De acuerdo, volveremos juntos a París, no tiene sentido quedarme solo aquí con la mala calefacción que hay en este hotel, y además qué dirían Calac y Polanco y mi paredro. En fin, trata de dormir bien, que por lo menos eso nos dure.
—Sí, Mar.
—Seguramente soñaré toda la noche con la piedra de hule. Dame un puntapié si me agito demasiado, si empiezo a roncar. La perilla de la luz sigue estando de tu lado, me parece, en este hotel no cambia nunca nada.

Relectura de «62 / Modelo para armar». XII. Postergar

Mi paredro me hubiera tratado amablemente de suicida postergada, me hubiera dicho: "Nosotros vamos a la ciudad pero tú solamente vienes, tú no haces más que venir de la ciudad".

Relectura de «62 / Modelo para armar». XI. Publicación de blog.

Haus mit der Renaisseance portal explicaba la placa infaltable en esos casos, y era tan absurdo porque cualquiera podía darse cuenta aunque después de todo algo tenían que poner los ediles si la casa era un monumento histórico, el problema jamás resuelto de describir lo que describía estruendosamente a sí mismo como casi todas las pinturas en los museos, el retrato de mujer con su cartel Retrato de mujer, la mesa y las manzanas con su cartel Naturaleza muerta con manzanas, y ahora según las últimas noticias de Polanco y Marrast, la imagen de un médico sosteniendo un tallo de hermodactylus tuberosis, desde luego con su cartel correspondiente, y como muy bien había dicho alguna vez mi paredro, no había razón para que dentro de esa perspectiva los hombres no anduvieran por la calle con un cartel hombre, los tranvías con un cartel tranvía, las calles con inscripciones enormes, calle, acera, cordón de la acera, esquina.

Relectura de «62 / Modelo para armar». X. Otras formas de salvar al mundo.

Hay veces que el día se hace largo sin Juan. ¿De qué pueden estar discutiendo esos birmanos, esos turcos, toda esa gente que mi pobre tontolín tiene que hacer hablar en español y que lo deja vacío y aburrido? Si no me tuviera a mí esperándolo, digámoslo con toda modestia, seguramente se bebería una botella de slívovitz con lo cual al otro día sus interpretaciones simultáneas o consecutivas marcarían una nueva era en las relaciones internacionales, eso es segurísimo. Si vamos al caso yo le invento la noche, no sólo en el sentido previsible que provocaría las risotadas de Polanco, sino que lo lavo de palabras, de ganarse la vida, de tener el valor de renunciar a lo que no le gusta, de que sea yo y no Hélène la que poco a poco se irá desnudando bajo su amarga fiebre.

Relectura de «62 / Modelo para armar». IX. Malcontenta

—¿Qué podemos hacer, querida? Yo, al menos, todavía caigo en la tontería de pensar que quizá mañana será diferente. Que despertaremos de otra manera, que llegaremos a tiempo a cualquier parte. ¿Te dije que soñé con Hélène, verdad? No sé, había más verdad en ese sueño que en toda esta tarde.
—Ya sé, Mar —dijo Nicole como desde muy lejos.
—Y fíjate, precisamente cuando salía de ese sueño vi todo tan claramente; ese nadar entre dos aguas, cuando se siente la verdad aquí, en pleno estómago, esa verdad que después nos negamos con los ojos abiertos. Te puse un nombre en ese momento, un nombre que te va tan bien y que es tan verdadero: la malcontena.

Relectura de «62 / Modelo para armar». VIII. Potenciar el futuro

—Estoy muy bien aquí. Me pareció solamente que todo podía cambiar, que si empezábamos a hacer reflexiones como las tuyas de hace rato...

—No tenían nada que ver contigo, me inquietó que los dos hubiéramos estado en la ciudad, pensé que alguna vez podríamos encontrarnos allí, comprendes, en alguna de esas habitaciones o en la calle de las aceras altas, enredarnos en una de esas marchas, de esos infinitos desencuentros. Tú estás aquí, eres tan diurna. Me inquieta pensar que desde ahora, como Nicole o Hélène...
—Oh, no, —dijo Tell, dejándose caer de espaldas en la cama flexionando las piernas en una bicicleta invisible—. No, Juan, allá no nos encontraremos, querido es impensable, es una pompa de jabón cuadrada.
—Cúbica, burra —dijo Juan, sentándose al borde de la cama y estudiando la gimnasia de Tell con mirada crítica. Eres maravillosa, danesita loca. Impúdica, con todos tus misterios al aire, atlética, septentrional hasta un bergmanismo insoportable, tan sin sombra, tan de bronce macizo. A veces me pregunto, sabes, cuando me miro al espejo, cuando te cuento de Hélène, manchándolo todo como siempre, me pregunto por qué tú...
—Sh, no tires el anzuelo por ese lado, siempre te dije que también yo entiendo mi libertad a mi manera. ¿Realmente crees que te pediría tu opinión si me diese la gana volverme a París o a Copenhague donde madre desesperada mantiene última esperanza regreso hija chiflada?
—No, espero que no me la pedirías —dijo Juan—. Ya ves, entonces, si hago bien en decirte lo que me pasa. 
—En realidad yo debería de ofenderme —reflexiono Tell cesando el ciclismo para arrollarse como un caracol y poner un pie en el estómago de Juan—. Si tuviera un dedo  de frente en alguna parte. No estés triste, tu danesa loca seguirá queriéndote a su manera. Ya verás que no nos encontraremos en la ciudad.
—Yo no estoy tan seguro —murmuro Juan. Pero tienes razón, no cometamos la vieja inepcia de potenciar el futuro, ya bastante futuro estropeado para siempre llevo acumulando en la ciudad y fuera de la ciudad y en cada poro. Sabes, me das una especie de felicidad funcional, de razonable humanidad cotidiana, y es mucho, y te lo debo solamente a ti que eres como un caballito fragante. Pero hay momentos en que me siento un cínico, en que los tabúes de la raza me muestran las pinzas; entonces pienso que hago mal, que te cosifico, si me permites el término, que abuso de tu alegría, te pongo ahí y te aparto, te tapo y te destapo, te llevo conmigo para después dejarte caer cuando es la hora de estar triste o estar solo. Y tú en cambio jamás has hecho de mí un objeto, a menos que en el fondo me tengas lástima y me guardes como una buena acción cotidiana, tu mérito de girl-scout o algo así.
—Ah, el orgullo del macho —dijo Tell, metiendo un pie en plena cara de Juan—. ¡Dejarme solo!, gritó el torero. ¿Te acuerdas aquella vez, en Arles? Lo dejaron solo y, Dios mío, cuando pienso en lo que pasó... Pero no te tengo lástima, hijo mío, una cosa no puede tener lástima de un hombre.
—No eres una cosa. No quise decir eso, Tell.
—No quisiste decirlo pero vaya si lo dijiste.

Relectura de «62 / Modelo para armar». VII. Depresión y deprimencia

—No se aflija, tía —me dice Lila.
—Cómo no me voy a afligir —le contesto—, Me da como una deprimencia, te juro.
—Usted quiere decir una depresión —pretende corregirme Lila.
—Nada de eso m'hijita. La depresión es como algo que te va haciendo bajar y bajar, y al final quedas más aplastada que una raya, acordate de ese animal del acuario. En cambio la deprimencia te va subiendo todo alrededor, vos te debatís pero es inútil, y al final lo mismo quedás por el suelo como una hoja. 
—Ah —dice Lila que es tan respetuosa.